Un hotel en el desierto



Había reservado desde Caracas un hotel en las afueras de Palm Spring California esa pequeña pero exclusiva ciudad en el desierto al este de Los Angeles, donde han habitado o viven personajes como Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Elvis Presley, Bob Hope, Dean Martin, Leonardo Di Caprio, Liz Taylor, Las Kardashian, Justin Bieber, Cindy Crawford y pare usted de contar. Y no es que yo hubiera sido invitado por alguna de estas celebridades a veranear en la zona (la farándula no es mi fuerte), sino que el destino y mi trabajo me condujeron a una especie de conferencia en el enorme Centro de Convenciones de la ciudad de las áridas colinas.

Ya ustedes se imaginan; es uno de esos encuentros donde unos cuantos miles de nerds de variadas pintas (por ejemplo, los gringos normalmente en shorts y T shirts y los hindúes y asiáticos en paltó y corbata) se juntan para practicar eso que ahora llaman “networking”, en medio de bufets al aire libre, tragos y conversaciones absurdas que suceden luego de charlas especializadas y a veces tediosas donde a menudo me he quedado dormido.

Porque el cansancio acumulado por el insufrible trayecto Caracas – Curacao – Miami – Los Angeles y luego por carro en esa interminable autopista 10 que recorre el norte de Los Angeles y San Bernardino antes de adentrarse en el desierto hacia los límites con Arizona, había dejado en mi pobre y ya anciana humanidad, no solo la impronta del jet lag, sino de las múltiples escalas que, hasta hace poco debíamos transitar los venezolanos por efecto de nuestro bolivariano aislamiento.

Así, con cara de malas pulgas y grandes ojeras, me presenté en la recepción de un simpático hotelito de color ocre como el desierto circundante: “welcome, Mr. Madrigal, you’ve booked two double bed rooms with us, right?”. Cómo que dos habitaciones dobles?? – repliqué. Yo solo necesito un lecho urgente donde reposar mi malograda columna y reponer mi insomnio. La gerente, una mujer de cabello color paja y ojos casi transparentes me explica que tiene a mi nombre dos habitaciones que están a punto de ser cargadas a mi tarjeta de crédito a menos que yo contacte inmediatamente la página con la cual hice la compra y anule una de las reservaciones. Tomo de mala manera la llave de una de “mis” habitaciones (voy a llamarla cuarto A) y me tumbo en la cama con el celular para notificar mi percance a Bookings.com, el medio por medio del cual había realizado la reserva. Mientras les escribía, me doy cuenta de que en estos tiempos de IA el haber utilizado todavía un intermediario como Brookings, constituía un resabio de tiempos pasados y que el mundo estaba cambiando con demasiada velocidad para mi capacidad de adaptación. Esto es tan así que uno de los momentos más insólitos en el trayecto Los Angeles – Palm Springs fue cuando mi visión periférica me advirtió que algo peculiar pasaba con el carro que trataba de adelantarme por la izquierda en la autopista: no tenía chofer! Era como si un fantasma se hubiera aparecido en medio del desierto y se estuviera burlando de mis sentidos. Pronto me di cuenta que era un Wymo, esos extraños híbridos entre taxi y platillo volador, dotado de radares y scanners que sustituyen (que locura!) el cerebro y los sentidos de un chofer de carne y hueso.

Pero retornemos a la historia del hotelito y sus dos habitaciones. Después de haberme quejado con Bookings de la duplicidad, me di cuenta de que mi habitación (el cuarto A) colindaba justo con la línea de ferrocarril por el que pasa un ruidoso y kilométrico convoy ferroviario de carga que comenzaba a desfilar justo en ese momento para no parar durante, al menos, la siguiente hora. Que va, esto no me la calo!, me dije y me dirigí de nuevo a la recepción, donde me advirtieron que a esa hora ya no había habitaciones disponibles para cambiar. Como que no? les dije, si yo en principio tengo dos habitaciones!  El desprevenido recepcionista chequeó y después de verificar que el cuarto B no había sido asignado todavía, procedió a entregarme la llave y yo feliz, cinco minutos después me sumergía en un merecido sueño.

Hasta que a eso de las dos de la mañana un horrible campanilleo me hace saltar de mi cama y desorientado, me doy cuenta de que ni recordaba en que parte del mundo me encontraba. Asi las cosas tomo el auricular del viejo teléfono del hotel, donde una voz pregunta: Mr. Madrigal? It’s just to make sure that you are in that room. Sorry to bother you. Después de proferir unas cuantas maldiciones, con la lengua enredada intento explicar lo de las dos habitaciones y convencido de que me ha entendido, me vuelvo a dormir.

Pero hacia las siete de la mañana ya saliendo con mi vehículo hacia la conferencia, veo el rostro mustio de Laura, la gerente de pelo color paja quien me hace señas. I am deeply sorry, Mr Madrigal. A continuación me explica que como consecuencia de mi reclamo en Bookings, ellos habían llamado en la madrugada para verificar que en efecto yo no estuviera ocupando la habitación anulada, que para mi desgracia había sido el Cuarto B, al cual yo me había mudado a causa del ferrocarril. Evidentemente, ellos no habían registrado el cambio y el recepcionista, que no entendió el rollo de las dos habitaciones, había confirmado que yo era un estafador, pues en efecto estaba durmiendo en una habitación anulada.

Le expliqué a Laura que ellos tenían gran parte de la culpa por no haber registrado en su sistema el cambio de anoche y que ponía en sus manos un desenredo que de no solucionarse, me costaría al menos unos $500.

Amargado por todos los percances y todavía desorientado por el jet lag enrumbo mi nave hacia el Centro de Palm Springs mientras trataba de entender el origen de todo el lio. Es ese momento recordé que hacía mas o menos un mes, en el momento de la reserva de mi hotel con la tarjeta Citi, ésta me había pedido introducir un código enviado a mi celular el cual nunca llegó, por lo que la operación se había anulado. Resignado, había cerrado la aplicación, pero unas horas mas tardes realicé un nuevo intento; esta vez la tarjeta paso sin necesidad del bendito código y yo me quedé feliz. Evidentemente la página de Bookings había registrado dos cargos validos a pesar de que mi banco había aparentemente rechazado uno de ellos. Para ellos, yo había comprado dos habitaciones.

Esa tarde, al salir de mi ciclo de conferencias me detuve en Desert Hill Outlet, un mall perdido en las colinas donde había estado otras veces. Es un sitio peculiar: los letreros de orientación están escritos en dos idiomas: inglés y mandarín. Por alguna razón que no logro comprender cabalmente, es un sitio frecuentado especialmente por turistas chinos adinerados (y obviamente los vecinos del jet set). De hecho, esta vez me di cuenta de que los establecimientos para proletarios como yo habían desaparecido y sólo marcas de altísima gama (sobre todo italianas y francesas) se exhibían en sus lujosas vitrinas. Salí del lugar pateando una lata, convencido además que perdería mis $500 de la duplicidad de mi reserva, pues al fin y al cabo yo tenía gran parte de la responsabilidad.

Pero Laura, la gerente del cabello color paja había tomado mi caso con un cariño propio de alguien que evita una mala reseña para su establecimiento. A la mañana siguiente esperó de nuevo mi salida para invitarme un café en su oficina y explicarme los vericuetos cibernéticos por los que se había metido para lograr el reembolso de la habitación que el destino y los errores de proceso habían cargado a mi cuenta.

Esa noche celebré los esfuerzos de Laura en una especie de cantina mexicana de carretera donde todos los comensales eran mexicanos típicos con bigotes chorreados, los hombres y trenzas y vestidos floreados, las mujeres.

Recapitulando las sensaciones acumuladas en esos cuatro días concluí que, después de todo, había tenido la suerte de formar parte de ese accidente biológico llamado vida que nos ha atrapado en esta enorme roca mojada que flota en un espacio infinito.

Y que con toda seguridad, no somos parte de ningún proyecto ni tenemos ningún propósito que cumplir, afortunadamente.

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