Un Ghengis Khan del siglo XXI

 


Tengo un ejemplar de la Obras Completas de Jorge Luis Borges firmada por el escritor. La firma ocurrió en la famosa y extinta Librería Lectura del Centro Comercial Chacaito un día de febrero de 1982. Recuerdo a un Borges ciego, firmando a tientas, mientras hablaba de Buenos Aires con el famoso librero Walter Rodriguez. De allí salí con el temblor de haber estado cerca de un personaje que ya pertenecía al terreno de la mitología.

Esta mañana, abrumado por la avasallante metralla de los acontecimientos del terremoto del 24 de junio, decidí abrir ese mismo libro y acostarme en mi hamaca a ojearlo al azar. Mis dedos se posaron en la Historia Universal de la Infamia, esa intensa colección de cuentos publicada en 1935, revisada por el autor en 1954 y basada en hechos insólitos pero verídicos de lo más abyecto de la historia humana. La literatura de Borges es, a veces como su cuento, La Biblioteca de Babel, interminable aunque no infinita. Eso explica claramente lo que ocurrió al llegar al final de esa recopilación: el insólito descubrimiento de una nueva y sorprendente historia datada (nada menos) que en mayo de 2053.

Ese nuevo cuento se llamaba Un Ghengis Khan del siglo XXI y relataba los acontecimientos ocurridos en Petrozuela, un país americano, a partir del 4 de enero de 2026. El texto comienza narrando la historia previa de desmanes y crímenes cometidos por sus gobernantes y que habían producido la diáspora de al menos, ocho millones de sus habitantes y que había conducido a los gobernantes previos a Ghengis a fijar recompensas millonarias por las cabezas de los sanguinarios sátrapas. Al asumir Ghengis al poder de su poderoso imperio, urdió inmediatamente un plan para deshacerse de Bigmustache, el indigno líder de la nación. Fue así como sus huestes invadieron y lograron extraer y apresar a Bigmustache, para la algarabía de millones de petrozolanos que vieron en Ghengis a su glorioso liberador.

Aquí los acontecimientos se tornan en el texto un tanto confusos. Confieso que las metáforas de Borges resultan a veces indescifrables. No obstante se puede entender que con el tiempo, la euforia inicial de los habitantes de Petrozuela comenzó a derretirse cuando descubrieron que los enviados de Ghengis habían chantajeado al resto del equipo de Bigmustache para que sirviera de marionetas al servicio del emperador, so pena de aplicar las recompensas fijadas por sus cabezas. Resulta que los petrozolanos ya se habían pronunciado sobre quienes serían los líderes que condujeran una nueva etapa de libertades y democracia pero ese proceso había sido descaradamente desconocido por Bigmustache y el indigno equipo que ahora gobernaba a las órdenes del gran Khan y en el que en cuyo vocabulario no existía la palabra ética. Era evidente que el objetivo de Ghengis al intervenir la nación era apoderarse de sus enormes riquezas y exhibirlas como botín de guerra ante sus coterráneos, no sólo con fines políticos, sino fundamentalmente para alimentar un insaciable ego que lo había llevado a proclamarse como “el mas grande y brillante hombre nacido hasta ahora, ante el cual todos los demás reyes de la tierra deben rendir pleitesía”

Los petrozolanos comprendieron que sus sueños de libertad y democracia se habían disuelto en las pócimas avariciosas e insolentes del Khan y comenzaron a rebelarse discretamente.

A todas estas, la figura de Juana Corina D’arc, la indiscutible líder de los petrozolanos, y cuyos heroicos sacrificios resultaban ya legendarios, se encontraba disminuida y congelada en el destierro, pues el Gran Khan veía en ella un atisbo de independencia para Petrozuela, un territorio que manejaba a su total antojo. Pero la indignación general crecía y resultaba urgente la organización de un movimiento que restituyera la República y lograra el paso hacia una democracia.

En este punto (trato de resumir), el relato de Borges hace un giro típico de sus disertaciones hegelianas y envuelve a nuestra heroína en una dicotomía existencial: el atender el vacío de liderazgo interno de Petrozuela y al mismo tiempo ser condescendiente y tolerante con el narcisismo de Ghengis, lo cual la insertaba en una peligrosa partida de ajedrez en el que cada movimiento ponía en riesgo su prestigio e imagen frente a los petrozolanos, quienes ya se habían acostumbrado a encumbrar y dejar caer con demasiada frecuencia a otros héroes precedentes.

Sin embargo (continúa la historia), nuestra heroína decidió que era el momento de tomar las banderas de la verdadera liberación y un buen día, desafiando el poder fáctico, anunció que aparecería en una conocida plaza de la capital, convocando a la mayor concentración humana que jamás se hubiera visto en la comarca. Miles de petrozolanos comenzaron a desfilar sin los miedos de antaño desde temprano con banderas multicolores y la inusual alegría de una nueva y definitiva esperanza; la llegada de Juana era inminente.

En ese momento de la lectura un nuevo estruendo sacude mi chinchorro. Una nueva réplica sísmica hace caer mi libro al suelo y yo salto disparado al oír nuevos gritos de mis vecinos. Me doy cuenta de que el movimiento no pasa de ser un susto más. Retomo mi hamaca y vuelvo a abrir impaciente mi preciado libro en la página dónde había dejado la historia.

Para mi sorpresa, todo rastro de “Un Ghengis Khan del siglo XXI” había desaparecido.

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