Venezuela 2026: quienes somos?
"Otra noche más que pasaremos sin saber quienes somos..." me dice Jackeline antes de dormir.
La frase se alojó en mi cabeza y mi desasosiego se convirtió en imsomnio. Un rato antes habíamos estado discutiendo sobre nuestra realidad como país. Después del 3E ya no éramos la inmoral dictadura bolivariana pero tampoco nos habíamos convertido en una democracia. Habíamos dejado de ser una república, pero no sabíamos si éramos una colonia, un protectorado, un territorio más más de un imperio extranjero.
Solo teníamos una certeza: estábamos a merced de los inestables designios de un poderoso villano trastocado que, como en las películas de Batman, quería apoderarse del mundo para alimentar su insaciable ego. Era el mismo felino que había abierto nuestra jaula esa explosiva madrugada del 3 de enero pero que ahora jugaba con nosotros y no terminaba de dejarnos volar, de encontrar nuestro propio rumbo. Al villano no le interesaban los pajaritos de la jaula; solo codiciaba los barrotes de otro con la que estaba hecha.
"No importa lo que seamos, con tal de que estemos mejor" - decían otros pajaritos.
Que horror!, mi imsomnio se iba transformando en pesadilla al pensar en esa frase. La historia está llena de ejemplos de pueblos que en aras de una supuesta libertad han tenido que vender sus valores, si cultura, su propia identidad.
Como venezolano que ha tenido la oportunidad de conocer otros mundos, se lo que significa visitar territorios que han pasado por traumas similares. Voy a referirme a solo dos casos: Hawaii y Panamá.
En el primero, los antiguos súbditos del gran rey polinesio, Kamehameha, han sido reducidos después de su anexión como estado No.50, a simples objetos folclóricos que, con sus grandes panzas y faldas de colores, reciben a las hordas de turistas con ridículas guirnaldas de flores. Playas como Waikiki son copias de Miami Beach con torres impersonales de vidrio y concreto rodeadas de Mc Donalds y 7 Eleven. Los polinesios, al igual que los pueblos originarios norteamericanos, son confinados en ghettos, como objetos de circo.
El caso panameño es diferente: la avaricia de Theodoro Roosevelt por el Canal de Panamá, lo llevó a urdir la inmoral separación de la actual Panamá de Colombia para así facilitar la toma del territorio. Años después, aun cuando los tratados Torrijos Carter han devuelto a los panameños su soberania, cuando tu visitas Panamá te asfixia la enorme falta de identidad, la sensación de no saber si "eso" es un país.
Muchos pajaritos me dirán: ¿Y cual es el rollo, si todos vamos a vivir mejor? Claro, allí viene la pregunta: ¿qué es vivir mejor?
Efectivamente es una discusión válida, con enormes implicaciones antropológicas y culturales. La respuesta está, como dirían los alemanes, en el Weltanschauung de cada quien y la valoración que le demos a aspectos como la identidad, el arraigo y el sentido de pertenencia.
Yo, personalmente, creo que me sentiria asfixiado en un escenario de libertades que no son las que valoro.
Yo sueño con una Venezuela auténtica, donde, por ejemplo, pueblos como Cúpira y La Negra, crezcan y se enriquezcan, conservando sus tradicionales ventas de casabe y quesos artesanales; donde las ventas de carne en vara y cachapas de nuestras carreteras adornadas de araguaneyes, no serán sustituidas por cadenas de Popeye's y que al bajarme de un avión en Canaima no me tope con un Subway. Donde nuestras primorosas posadas no sean sustituidas con cadenas impersonales de Days Inn o Motel 6. Me da miedo que, algún día, hasta las guacamayas caraqueñas hayan desaparecido, pues las "nuevas" autoridades hayan aplicado la resolución Gt237 que considera que nuestras escandalosas amigas son insalubres.
Es esta la enorme discusión que nos ha planteado inesperadamente, este momento de nuestra historia. De nosotros depende que la nueva Venezuela se llene o no de dorados monumentos a Donal Trum. Esa posibilidad no me dejó dormir anoche.



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